Santiago siempre me pareció una ciudad que me debía una historia. La había visitado dos veces antes, pero solo de paso, y sabía que tenía algo que contar. Una capital moderna, ordenada, líder en América Latina en muchos ámbitos, pero de su cocina se ha hablado poco. Por eso, cuando llegó la invitación de Marcos Baeza, dueño del restaurante Fukasawa, para conocer su propuesta, supe que este viaje tenía un propósito claro: descubrir qué trae Chile a la mesa.
En mi llegada a Santiago, el Hotel Magnolia fue mi primer encuentro con la ciudad. Un edificio patrimonial con fachada de época y alma moderna. Al entrar, la arquitectura contemporánea convive con su historia en este hotel boutique, cómodo y acogedor, al inicio del centro de la ciudad.
La noche cayó sobre Santiago y nos esperaba Demo Magnolia, el restaurante del hotel. Bajo la dirección de Pedro Chavarría, cada plato celebraba el mar chileno con precisión técnica y sabores redondos. El cierre fue líquido y alegre: en Siam Thai, Karla y Bea, sus dueñas, nos recibieron como viejos amigos. Dos barmaids que han hecho de la coctelería un lenguaje propio, explorando sabores con creatividad y libertad.
Campo, vino y fuego
El viaje continuó hacia el Valle de Colchagua, a Viña Montes, donde tuvimos el privilegio de ser guiados por Aurelio Montes Jr., quien hoy lidera el legado familiar. Su visión es clara: para alcanzar verdadera calidad, se necesita consistencia. Esta filosofía proviene de su padre, Aurelio Montes, quien comenzó su carrera en una gran bodega industrial enfocada en producir vino a gran escala. Allí comprendió que la tierra y la uva no son estáticas, que cambian constantemente, y que para lograr vinos excepcionales hay que escucharlas, no imponerles procesos mecánicos.
Con esta convicción, Aurelio padre se unió a tres socios más, cada uno con un rol específico, para fundar Montes, uno de los primeros viñedos premium de Chile. Su apuesta fue demostrar que la excelencia y la sensibilidad hacia el territorio podían construir una marca sólida y reconocida.
Pero Montes no solo se distingue por sus vinos potentes y bien trabajados. También hay una energía especial que se respira en sus pasillos y entre sus barricas. Gran parte de esa magia proviene de Douglas Murray, socio fundador y encargado del marketing, un hombre profundamente espiritual. Un día llegó a la finca con pequeños ángeles de metal en los bolsillos y pronunció su ya célebre frase: “Happy people make happy wine.”
Fue él quien impulsó las experiencias y los recorridos por la viña, convencido de que la historia y el espíritu que habitan en Montes debían compartirse con quienes la visitaran. Su presencia dejó una huella que aún hoy se siente: una mezcla de fe, pasión y magia que acompaña cada copa de vino.
El almuerzo fue en Fuegos de Apalta, restaurante ubicado dentro de Viña Montes y creado bajo la visión de Francis Mallmann. Su cocina, basada en la naturalidad del fuego, dialoga con el paisaje del valle. Panes rústicos, empanadas, pescas frescas, carnes y vegetales asados con simpleza se convirtieron en un festín que nos reunió alrededor de la mesa en una tarde cálida, rodeados de amigos —nuevos y viejos— y, por supuesto, mucho vino
De vuelta en Santiago, la noche nos llevó a Casa Las Cujas, una verdadera celebración del mar chileno. Erizos, crudos, pescas frescas y cítricos marcaron el tono de la mesa, acompañados de cremas suaves que dejaban ese sabor mineral de océano que se queda en el paladar.
Allí nos recibió Max Raide, anfitrión apasionado que contagia a todos con su amor por el mar y por su país. Entre historias, proyectos y buena comida, la cena se convirtió en una experiencia nacida desde el corazón. Una parada obligada para quien quiera conocer Santiago desde su costa más sabrosa.
Gastronomía con propósito
Iniciamos el día con una visita a un lugar muy especial: las oficinas de Comida para Todos, proyecto liderado por Rafael Rincón y un equipo que cree profundamente que cocinar puede generar verdaderos cambios sociales. Su espíritu se sostiene en la perseverancia, el amor por lo que hacen y el deseo genuino de devolver a la comunidad lo que reciben de ella.
Nos sentamos con Rafa y parte de su equipo, entre ellos Ana Rivero, periodista chilena reconocida que entiende la gastronomía como un canal para rescatar memorias e identidades dentro de los contextos sociales de América Latina. Una mujer apasionada por sumar conocimiento, reflexión y sentido.
Otra pieza clave es Vicente Infante, gestor gastronómico entregado a crear experiencias a través de la cocina y productor ejecutivo del festival Ñam Santiago. Junto a Rafa y el resto del equipo, trabajan para que la gastronomía sea un espacio de oportunidades y no un privilegio.
Visitamos una de las cocinas comunitarias que gestionan en Andacollo, donde cada día se alimenta a personas en situación de vulnerabilidad. Allí cocinamos junto a estudiantes de un colegio del barrio y a mujeres voluntarias que sostienen esta labor silenciosa pero fundamental.
En medio de esa olla común, entre risas y manos compartidas, quedó claro que la gastronomía puede ser mucho más que un acto de cocinar: puede ser un acto de comunidad y justicia.
El omakase del Pacífico
Llegó la noche de conocer Fukasawa, la casa de Marcos Baeza, junto a sus hijos Marcus y Lucas, quienes proponen una cocina japonesa con alma chilena. Una cocina donde la tradición, la familia, la técnica y el producto son los verdaderos protagonistas, y donde se rinde homenaje al mentor y maestro de Marcos: Naoki Fukasawa.
El espacio es minimalista, con ese aire de ciudad que no descansa: luz tenue y el murmullo de los comensales charlando y disfrutando. Los invitados nos sentamos y Marcos nos ofreció lo más preciado de su restaurante: el omakase. Dejamos en sus manos la elección de los platos y depositamos en él toda nuestra confianza, tal como sugiere esta palabra en japonés.
Fue un recorrido por el mar chileno, con lo mejor de su pesca: atún, langosta, erizo, salmón, percebes, vieiras y locos, entre otros productos. Cortes limpios, sabores de mar profundo y aderezos sutiles que resaltaban cada ingrediente, acompañados por una coctelería que elevaba la experiencia en boca.
En resumen, una noche fantástica.
Vino, territorio y un último bocado
Al día siguiente fuimos a Viña Villard Fine Wines, una bodega de vinos premium, guiados por el propio Charlie Villard. Junto a periodistas locales de Santiago, caminamos por parte de la viña, conociendo sus uvas y, por supuesto, probando algunos de sus vinos más recientes.
Fue una tarde dedicada a descubrir la escena del vino y la gastronomía chilena: comimos y degustamos vinos frescos y frutales, como sus blancos vibrantes y sus tintos de gran profundidad.
Tras un breve descanso, me preparé para la cena en 99 Restaurante, de Kurt Schmidt. Una mesa dedicada a las regiones de Chile, donde Kurt ofrece una mirada sensible a los productos más endémicos de estos territorios y los interpreta con humildad y profundo respeto.
Su vajilla es parte esencial de la puesta en escena: platos de barro y utensilios de madera que nos transportan a distintos parajes del extenso territorio chileno. Comí conejo, charqui, pesca fresca y ahumados, entre otras preparaciones que me permitieron comprender una nueva dimensión de Chile. Una cocina de autor imperdible.
Brunch y despedida
El último día de este viaje tan especial comenzó en Barra de Pickles by María, un lugar inspirado en una fuente de soda, con un brunch exquisito. La Barra te lleva a entender los misterios de cómo hacer un buen encurtido. Su estrella, por supuesto, son los pickles, pero hay de todo un poco: aceitunas, cebollas, ají, kétchup y sriracha.
Su menú es un mix & match de esos antojos que todos tenemos: hot dogs (o completos, como los llaman en Chile), hamburguesas, tartare, pepinillos fritos, chicharrón de róbalo, lomo, sánduches y muchas cosas más. Un MUST en cualquier viaje a Santiago.
Para el almuerzo, con mucha ilusión, pasamos por Ambrosía, de Carolina Bazán, reconocida en 2019 como la mejor chef de Latinoamérica por los 50 Best Restaurants, y quien este año abrió su restaurante Mareida en Londres. Ubicado en el MUT (Mercado Urbano Tobalaba), este bistró ofrece un confort refinado que invita a volver: sus platos siempre sorprenden.
Pastas, erizos, melosos, pesca con quinoa crujiente, cerdo con arvejas, remolacha y duraznos grillados… plato tras plato, no sabíamos dónde podía caber más comida, pero igual seguimos felices. Una cocina creativa, divertida, con sabores familiares pero siempre con un twist.
De regreso a casa
A pocas horas de partir, desayunamos en Recreo con Hambre, un café pequeño con mucho sabor, panadería de primera y platos frescos en porciones perfectas.
Antes de ir al aeropuerto, no podía dejar de pasar por Karai by Mitsuharu, donde disfrutamos platos nikkei inspirados en productos chilenos: frescos, llenos de textura y con esos sabores de mar tan característicos de la cocina chilena.
Con una vista impresionante de Santiago, este almuerzo cerró con broche de oro unos días intensos, llenos de descubrimientos y con la certeza de que la escena gastronómica de Santiago está en movimiento y vale la pena seguirla explorando.
Gastrónoma y administradora de alimentos y bebidas, Ana Carolina Maldonado ha trabajado más de 15 años en educación como docente y cargos directivos en escuelas de Gastronomía en las principales universidades del país. Creadora de La Comilona blog, comenzó con relatos sobre cocina y lo que gira alrededor de ella. Su curiosidad por contar historias la llevó a terminar una maestría en Comunicación e iniciar el proyecto de Mise n’ Place del cuál es editora actualmente.
todo en su lugar, todos en la mesa
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