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Foto: Gonzalo Picón Tucci

Gaggan, will you let me go?

Adelaida Jaramillo
@adeljar

La sala está cubierta por un telón. El acomodador conduce a los comensales, uno a uno, a sus asientos. La mesa del chef tiene forma de L y está dispuesta para recibir a catorce personas. Desde allí se alcanzan a ver dos mesas de apoyo en las que parte del equipo monta los primeros platos. Esta ceremonia es el inicio de la ilusión, donde se imponen los detalles escénicos: catorce relecturas de las máscaras del teatro griego, una frente a cada asiento; la luz intensa del neón que ilumina la sala de rojo con un mensaje ineludible: Be a rebel; el beat de la música que invade el cuerpo. Is this the real life? Is this just fantasy?

En Gaggan no hay espacio para la causalidad: cada persona y cada detalle han sido cuidados para una obra irrepetible que se despliega en varias escenas donde luces, música, comida y guion tienen el mismo peso.

Fotografías: Gonzalo Picón Tucci

Baja la música. I see a little silhouetto of a man. En el centro de la escena aparece Gaggan Anand. Su figura es imponente: chef, maestro de ceremonias, narrador y actor principal. Pero también hay momentos en los que baja el telón de su personaje y se muestra cercano, humano. Confirma alergias y restricciones. Una comensal le confiesa que no es alérgica, sino que simplemente no le gusta el eneldo y él ordena que se lo sirvan. Risas incómodas. De manera discreta, se sale del personaje y se acerca con calidez a explicarle que él mismo había detestado el pulpo hasta que lo probó en México, y que el disgusto no está en el ingrediente, sino en cómo estaba preparado.

Esa dualidad, entre el personaje irreverente y el hombre vulnerable, sostiene gran parte de la tensión narrativa de la cena. Caught in a landslide, no escape from reality.

Antes de iniciar el servicio, se presenta el menú como una cartografía personal. Gaggan anuncia los cuatro actos: India, su país natal, que aparece como un punto de partida inevitable; Japón, con su rigor estético y artístico, que funciona como un puente; Tailandia, la casa que eligió, donde esa memoria se actualiza; y Comunidad, el espacio en que todo su recorrido vital coincide. Cada plato es una página de una autobiografía comestible, un recorrido íntimo que, de otra manera, permanecería inaccesible.

Lo que sucede después confirma la intuición: no estamos en una cena, sino en una función. La cortina que separa la entrada del salón es apenas la primera señal de que aquí se ingresa a una performance culinaria. Se come con la mano, se lamen platos, los bocados cambian con la iluminación. La consigna Be a rebel se repite en cada gesto. Llega el salmón con el pepino encurtido, como un gin & tonic, cubierto de eneldo. Open your eyes, look up to the skies and see. La comensal prueba el bocado y, cuando el chef regresa para ofrecerle la misma preparación sin hierba, ella se adelanta: agradece y le dice que no es necesario, porque le encantó.

Fotografía: Javier Risco
Fotografía: Gonzalo Picón Tucci

Algo resuena en el menú, y es el playlist. La rebelión se anuncia desde la atmósfera: cada canción cuidadosamente elegida marca el ritmo de la noche y la iluminación conversa con ella para guiar la atención. En un momento, un haz de luz se concentra sobre la cocina, hasta entonces discreta, y convierte al espacio en un escenario. Ollas y sartenes se transforman en instrumentos musicales. Todo es simbólico: cada gesto, cada transición, cada silencio. Gaggan prepara el curry y todos lo observan. La cocina se convierte en un lugar sagrado.

En otros restaurantes de alta cocina, la brigada se mantiene oculta, trabajando tras bambalinas para que el chef brille en solitario. Aquí sucede lo contrario: el equipo se muestra, se presenta, incluso se convierte en caricaturas en el menú como un reparto que merece ser recordado. Los cocineros introducen platos, dialogan con los comensales y asumen un rol protagónico. Aquí no hay extras, todos tienen su parte en el guion. Y respetando la fórmula griega: hay un coro.

(Galileo) Galileo, (Galileo) Galileo, Galileo Figaro, magnifico.

Hacia el final, la obra se convierte en celebración colectiva. La cocina y el salón ya no se distinguen: equipo y comensales cantan, aplauden, chocan las manos. Es un momento de catarsis que rompe jerarquías y convierte a todos en una comunidad efímera, unida por el mismo pulso y la misma vibración alta que se siente en el cuerpo.

La última escena parece un guiño a la memoria. El menú impreso solo se revela bajo luz negra y, aun entonces, conserva cierto enigma: cada acto está escrito en el idioma del país que representa. Lo vivido en Gaggan no puede reproducirse. Ni en un papel, ni en una fotografía. Debe guardarse en la memoria como lo que es: una performance gastronómica inolvidable, un acto de storytelling total en el que la comida es apenas una de las piezas de un rompecabezas gigante.

Goodbye, everybody, I’ve got to go.

Todo termina cuando encienden la luz. No queda de otra.

Gotta leave you all behind and face the truth.

Gerente de Marketing hasta hace 15 años cuando decidió dedicarse a leer. Adelaida Jaramillo es directora de Palabralab y licenciada en Comunicación Social con mención en Literatura y Periodismo. Como Máster en Gestión Cultural comenzó a explorar conexiones entre la literatura y otras expresiones artísticas como el teatro y la gastronomía. Así llegó al periodismo cultural y gastronómico de los que sigue aprendiendo. Edita los textos de la revista gastronómica Mise ‘N Place.