Cada año, cuando octubre empieza a vestirse de morado, en mi casa ya sabemos que se viene una de las tradiciones más queridas: preparar colada morada y guaguas de pan. No es solo comida, es memoria, es encuentro, es ese ritual que nos conecta con los que ya no están. En mi familia mestiza, como en tantas otras de Ecuador, esta costumbre tiene sabor a infancia, a abuelas que cocinan sin receta escrita, a mesas largas y conversaciones que se alargan entre sorbos espesos y mordiscos dulces.
La colada morada no se improvisa. Desde días antes, las familias, principalmente las madres y/o abuelas empiezan a buscar los ingredientes: mortiño, babaco, piña, naranjilla, canela, clavo de olor, ishpingo… y por supuesto, la harina morada. En casa decimos que si no hay mortiño, no hay colada. Y aunque ahora se puede comprar ya lista en cualquier esquina, nosotros seguimos haciéndola como antes, removiendo la olla con cuchara de palo, dejando que la fruta se deshaga y que el aroma invada todo.
Mientras la colada hierve, las guaguas de pan esperan su turno. Las hacemos en forma de niños envueltos, sin brazos, como las hacían los antiguos. Las rellenamos con dulce de guayaba o manjar blanco, y las decoramos con glaseado de colores. Cada guagua tiene su personalidad: unas sonríen, otras parecen dormidas. Mis hijas siempre les ponen nombre, como si fueran muñecos comestibles. Y aunque sabemos que son para compartir, siempre hay una que guardamos para llevar al cementerio, como ofrenda.
Lo que muchos no saben es que esta tradición tiene raíces muy profundas. Antes de que llegaran los españoles, los pueblos indígenas ya preparaban una bebida ceremonial con maíz morado, frutas y hasta sangre de llama. Era parte de sus rituales funerarios, una forma de acompañar a los muertos en su viaje al más allá. Con la conquista, esa bebida se transformó: se le agregó azúcar, se cambió la sangre por especias, y se volvió más dulce, más mestiza. Lo mismo pasó con las guaguas de pan. Los indígenas solían desenterrar a sus seres queridos y pasearlos por las calles en un ritual que se conocía como el Aya Marcay una fiesta inca que buscaba mantener la memoria de los que ya no están y que se le hacía en lo que para los españoles era el mes de noviembre. No debemos olvidar que los indígenas americanos no manejaban el calendario actual.
Cuando esa práctica fue vista por los españoles, inmediatamente la Iglesia la prohibió, por lo que los indígenas empezaron a hacer figuras de pan que representaban a sus muertos a los cuales les conocían inicialmente como “malkis”. Así nacieron las que después serían conocidas como guaguas, que en kichwa significa “niños”.
Hoy, esa mezcla de lo indígena y lo hispano vive en nuestras cocinas. La colada morada y las guaguas de pan son mestizas, como nosotros. No son solo platos típicos: son historia viva. Cada cucharada tiene siglos de resistencia, adaptación y cariño. Y aunque el mundo cambia, esta tradición se mantiene. Hoy en día, durante esas fechas, las panaderías ecuatorianas, pero especialmente en la sierra compiten por hacer las guaguas más grandes, más bonitas. En las escuelas, los niños aprenden a decorarlas. Y en los mercados, la colada se vende por litros, como si fuera oro líquido.
Pero lo mejor de todo es que, más allá de la historia y el sabor, esta costumbre nos reúne. En mi familia, el 2 de noviembre no es un día triste. Es un día para recordar, para reír, para comer juntos. Vamos al cementerio con flores y guaguas, hablamos de los abuelos, contamos anécdotas. Y luego volvemos a casa, servimos la colada caliente, y brindamos por la vida. Porque al final, eso es lo que nos enseñan estas comidas: que la muerte no es olvido, que el mestizaje es riqueza, y que en cada receta hay una forma de seguir contando quiénes somos.
Apasionado por la historia y los viajes, Carlos René Garrido Cornejo se dedica a contar las historias de América Latina. Doctorando en Historia por la Universidad Nacional del Mar del Plata y magíster con mención de honor por la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla), hoy es docente en la Universidad Central y en la Universidad Internacional del Ecuador. Antes de la academia, trabajó en turismo, guiando en Galápagos y liderando proyectos en la Cámara de Turismo de Pichincha.
todo en su lugar, todos en la mesa
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