Viví en la misma casa que me vio nacer hasta que conocí a mi esposo. Su espíritu navegante me llevó de la mano primero de Quito a Guayaquil, y luego a Miami (Florida), Montreal (Canadá) y ahora a Dallas (Texas). Con doce mudanzas a cuestas y veinte años paseando juntos, mi alma se ha vuelto, sin duda, una “gitana”.
La vida del migrante es desafiante: comenzar de cero en una nueva ciudad es difícil, y encontrar tu gente y hacer amigos lleva tiempo. Sin embargo, la actitud positiva y la adaptabilidad me han permitido crear lazos que trascienden el tiempo y el espacio. Esta capacidad de adaptación también me ha llevado a abrazar las tradiciones de nuestro nuevo entorno, y entre las más bellas —mi favorita— está el Día de Acción de Gracias (Thanksgiving).
Esta tradición norteamericana, celebrada tanto en Estados Unidos como en Canadá, tiene sus orígenes en los primeros migrantes que trajeron de Inglaterra la idea de celebrar y agradecer la cosecha con un festín durante los últimos días del otoño. En EE. UU. se celebra el penúltimo jueves de noviembre, mientras que en Canadá, el segundo lunes de octubre. El Thanksgiving paraliza al país: es la época de mayor movimiento en vuelos internos, donde las personas lo dejan todo para reunirse en familia.
Recuerdo mi primer Thanksgiving en casa de un tío de mi esposo en San Luis, Misuri, poco después de mudarnos a Miami. Más de setenta miembros de la familia llegaron desde Ecuador, Arizona, Virginia y Carolina del Norte. Se dispusieron seis mesas enormes, hermosamente decoradas, que invadieron el comedor, la sala y parte de la cocina.
En el centro de la mesa principal, el gran Pavo, cocinado a la perfección por la tía gringa, esperaba ser distribuido junto con el relleno, los purés de papas y camote, el pan de maíz, las ensaladas, las salsas de cranberry y ciruelas, el gravy y, por supuesto, el “metiche” arroz (un infaltable en toda mesa ecuatoriana). Esta cena monumental requirió muchas manos, dirigidas expertamente por la tía, quien se encargó del Pavo mientras asignaba a los huéspedes la preparación de los platos acompañantes, sin olvidar también los deliciosos postres: pies de nueces, manzanas y pecans con helado de vainilla. Disfrutamos de cada platillo, de cada conversación y de cada miembro de la familia, y agradecimos de corazón el poder compartir juntos.
Con el paso de los años, también mi mesa se llenó de nuevos amigos que se convirtieron en hermanos, celebrando con nosotros una y otra vez. Cada familia se encargaba de un plato tradicional y también de bocadillos típicos de su tierra: Colombia, Venezuela, Brasil, Cuenca y Quito traían, junto a los purés, salsas y pies, la torta de choclo cuencana, los tequeños venezolanos, la feijoada brasileña, las arepas colombianas y nuestro infaltable arroz quiteño. El Pavo, cada vez más grande, lo cocina siempre mi esposo, siguiendo la receta tradicional de la familia.
Cada año, más amigos se sumaban a nuestra pequeña casa en Weston, en mesas que desbordaban hasta el patio, para comer, conversar, reír, recordar y, sobre todo, agradecer a la tierra, al cielo y a la vida por permitirnos festejar un año más.
El único año que no recibimos a nadie fue 2014, ya que mi hermosa Ana, mi segunda hija, decidió que ese era el día en que quería llegar al mundo. Así, Thanksgiving se convirtió en mi fecha favorita, el motivo por el que más agradezco a la vida.
Al mudarnos a Montreal en 2020, empezar de nuevo fue más fácil. Amigos quiteños y brasileños nos adoptaron desde el primer día, llenando nuevamente nuestra mesa, en una fecha diferente pero con la misma alegría y gratitud. Nada llena más mi corazón que ver a gente hermosa, lejos de su país, abrazando esta tradición y agradeciendo, junto a mí, la vida, la buena comida, la cosecha y, sobre todo, la familia y la amistad.
Ahora, en nuestra nueva aventura en Dallas, pasaremos este primer Thanksgiving de 2025 con mis suegros, con un mini Pavo que, igual que sus predecesores, será el rey de la mesa, rodeado de sus acompañantes, tanto gringos como latinos, siguiendo nuestra bella tradición. Estoy segura de que el próximo año lo celebraremos en nuestra mesa de siempre, con nuevos sabores traídos por amigos que se convertirán en familia en esta bella ciudad.
¡Así sea! ¡Feliz Día de Acción de Gracias!
Quiteña de origen, Daniela Escobar ha hecho de las mudanzas una forma de vida: EE. UU. en 2011, Canadá en 2020 y otra vez EE. UU. en 2025. Estudió relaciones públicas y comunicación, y ha trabajado entre seguros, banca y fondos de inversión.
En su tiempo libre vuelve siempre a lo mismo: leer, crear con las manos y hornear. Dice que un buen postre explica mejor quién es que cualquier currículum.
todo en su lugar, todos en la mesa
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